Ella estaba durmiendo tranquila y sin preocupaciones en una noche estrellada. A las siete de la mañana de un domingo, sin temor o sorpresa se despertó con muchas cosas en su cabeza; se levanto de su cama con total tranquilidad y fue al baño a mirarse en el espejo. Se miro fijamente, se acercaba y se alejaba para verse mejor; todo en su casa estaba en calma, en un sepulcral e íntimo silencio, sabía que debía esperar unas cuantas horas para hablar con su madre. No había forma de poder conciliar de nuevo el sueño y no podía dejar de pensar en esas inquietas larvas que se encontraban en su pecho y terminaban en su estómago. Se acostó de nuevo en su cama a darle vueltas al asunto, aunque sabía que no había mucho que pensar, todo estaba muy claro, resultaba increíble incluso para ella. Pasaron las horas y de nuevo callo dormida agotada de ensoñar con el futuro próximo. Era algo más de la 1:30 de la tarde cuando se despertó, no sabía como había logrado dormir tanto pues no estaba cansada ni tenía sueño. Su madre se encontraba en la cocina, el ambiente desprendía tranquilidad y amor a su lado, nunca sentía miedo y por eso fue el instante perfecto para decir lo que debía decir. - Mamá... - Sí? - Umm... Me voy mañana para el convento... - Qué?!! Su madre por poco no logra reaccionar a la noticia, pero aún así, nunca le reprocho nada a su hija, siempre la apoyo y le dio todos los placeres y gustos de esta vida mundana. Se ofreció a llevarla hasta allá y a visitarla cada que pudiera, recordándole que siempre ésta sería su casa y que nunca se olvidara de su madre que la amaba y la adoraba sobre todas las cosas, ella siempre la iba a esperar en casa con algo de comida caliente si en algún momento cumplía su ciclo en aquél lugar. Esa misma tarde, sin despedirse de su madre se marcho.
F.
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