Fue una noche amarga, fría y lluviosa; melancólica y sicodélica. Fue como tomar litros de algún extraño alucinógeno, fue un instante del que por poco no sobrevivo. El sudor bajaba a cántaros por mi piel, la fiebre me rodeaba y no daba tregua, no lograba ver con claridad, los ojos se desenfocaban continuamente, todo se veía mal y cada segundo empeoraba la situación. Gritaba con fuerzas que desconocía que no me dejaran sola, que todavía tenía que terminar cosas y empezar otras. Temblaba como nunca antes lo había hecho, tenía dolor, mucho dolor pero me dominaba el miedo, la angustia por saber en que pararía esa noche. …Y de repente me sentí ajena, fuera de mi, como una extraña en mi interior, desorientada, perdida en la inmensidad; pude ve como me retorcía por el dolor en esa camilla, pude ver como todos intentaban dar lo mejor para salvar ese cuerpo ausente, para que aquella mujer que me había llevado pudiera dormir con más tranquilidad en la pequeña banca de la sala de espera. Sí, estaba sola. Mirándome no sabía que pasaba en mí, ya para entonces no sentía nada, ya no había dolor, ya no había calor, ya no me sentía melancólica, no más angustia, ni amargura, era un limbo, un estado cero, los minutos no corría ni paraba, era perfecto. Entonces pensé en mis padres, en mis hermanas, en mis amigos, en mis amores y desamores, en mis recuerdos tristes, mi añorada soledad y en los maravillosos momentos, todo fue bueno; me sentí un tanto tranquila al recordar que después de todo había vivido como quería y tenía pocas cosas de que arrepentirme (por no haberlas hecho realidad). Entonces, fue en ese instante cuando ése rostro hizo en mi de tripas corazón, el peso del mundo entero callo en mis ojos y se derramó en mi alma, tenía que volver, no podía ser tan cobarde y dejar que me venciera la adversidad, tenía que hacerlo por ellos, por mi y más por él... Tenía que intentarlo como mínimo, se los debía y de alguna forma tendría que pagarles, dejar la tranquilidad y volver a luchar contra todos, pero sobretodo contra mi; tenía que lograr todos esos sueños y metas que había pensado cumplir algún día no muy lejano y que estaba dejando por nada. Él fue mi salvador, fue la excusa perfecta para no rendirme, para no dejarme ir esa vez y no renunciar a la maldad humana, para seguir viviendo en la angustia o benevolencia que yo misma decida llevar, cuánto le debo a él, cuánto quiero agradecerle, pero aunque me salvó esa noche, cada tarde me juzga y me condena por ser débil, incapaz e impulsiva. Cuánto extraño ese estado cero cuando me castigan sus ponzoñosas palabras! Cuándo intenta atravesar mi coraza y herirme para que sienta que es la vida y no la desperdicie como todos. Aún no recuerdo con claridad cómo termino esa noche, sólo sé que aún estoy aquí escribiendo letras sin sentido o razón de SER!! y viviendo como siempre :) :) :)
F.
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