Últimamente nos escribimos correos. Tal vez -un poco- tratando de no perder
una conexión que existió y fue bonita. Pero no era más que eso. Se sentía como
tener un amigo imaginario plagado de recuerdos que con los días se hicieron
meras imaginaciones y al final no se distinguían horarios, tiempos, espacios y
(pero) de nuevo era mi amigo imaginario.
Hace dos años no nos vemos. No sabemos cómo está el uno o el otro, sabemos
lo que pasa por nuestras vidas; nuestras preocupaciones, nuestros deseos,
nuestras metas más íntimas, detalles jamás revelados; desconocemos
nuestras miradas, la postura de los hombros, el ancho de la espalda, la sonrisa
que encantaba y así respondemos. Porque pasan meses sin recibir una
postal, sin llegar una carta al buzón y no se siente extraño. Un poco al
inicio, pero se hizo normal. No puedes obligar a alguien imaginario; alguien
que creaste por la necesidad que exige la nostalgia, por eso de apegarnos a cosas,
de magnificarlas, de crearles importancia pero que funcionan más como un apéndice.
La última carta fue corta, algo así como "respirar profundo para
continuar, ojalá fuera a empezar de nuevo" y me asusté. ¿Empezar de nuevo?
Yo no soy su amiga imaginaria.
No hay comentarios:
Publicar un comentario