Su poder me genera escozor. Lo que en algún momento fue avasallador, hoy me hace hervir la cabeza con cada alaridos de grandeza y suficiencia. Desde la picota, mirándome en medio de mi fragilidad, matar suena dulcemente confortable. Y amé esa terrible circunstancia, ayudaba a diluir la coquetería y reemplazarla por su ser impetuoso y mezquino.
Pero siempre lo hace. Se estremece, gime, solloza y convulsiona deliberadamente con pletórica pasión incitando a amar. Mira con terneza, roza su frente e incrusta la mano en su cabello embelesándose empalagosa y frenéticamente con su mirada. La cólera crece a su periferia sin poder hacer más. Los copulaba el resquemor, abomina sus momentos de concordia y simetría; todos se regocijan en su desconsuelo y desdicha. Lo saben, por eso nunca dura lo suficiente para llamarlo plenitud, satisfacción o vida.
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