Pero cuan poca dicha tendría si aquél momento inolvidable trajera amargura en lugar de innumerable placer. La desdicha embriagaría los retazos que poco a poco se desgastarían dejando fosas heladas desprendiendo un hedor enceguecido por los celos. La codicia podría más que la carne y ordenaría detener los latidos en los ojos y cesarían los deseos por no ser un momento inolvidable, al contrario, por ser ahora un olvido necesario.
F.
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